
Narrativas difíciles
Cuerpos con hambre para alimentar una guerra
Por Camila Pino
Nací en Medellín, una ciudad como cualquiera y como ninguna. Crecí en una ladera, bordeando lo desbordante, habitando las calles que pocos podían recorrer. En una casita de tablas, unas escalas de cemento y una montaña verde me di cuenta de que en esta ciudad las cosas iban mal y con el pasar de los años fui creciendo al compás de unas escaleras.
Las escalas son exigentes, paradas y regulares: la misma forma, el mismo diámetro, diferente el paso. Cuando uno va subiendo es como si caminara en un piano gigante y al andar se tocara la canción indescifrable de la existencia. Las gotas de sudor bajan por la espalda y la frente, se pone un pie y luego otro, caminando firme y derechito pa no irse a caer, porque las escalas son como la cuerda de la vida, sí o sí hay que estar arriba de ellas, caminar concentrado y aguantar la respiración, porque en cualquier momento se va uno es de jetas y como es de sencillo estrellarse. Es más, yo siento que somos seres estrellados. He llegado a creer que las escalas son una especie de expiación de los pecados, pero me pregunto si ser pobre es un pecado. Entonces, ¿será por eso que toca subir tanto?
Puede que nunca lleguemos a la cima ni construyendo mil escalas, puede que ya estemos en la cima y lo que hay de acá para arriba no nos compete a nosotros. Es una contradicción subir y subir y llegar a un lugar subterráneo, es una contradicción bajar y bajar para encontrarte con una ciudad tan superficial.
Esta montaña es el hogar de miles de familias como la mía que alguna vez soñó con una casa propia y la ladera fue el único lugar donde ese sueño podía realizarse. Esta montaña es de todos y a la vez de nadie porque ni los propietarios de las casas tienen escrituras y la ley que acá se aplica no tiene nada que ver con leyes estatales. Donde el agua no llega y si llega es con sed.
Desde joven sentí el llamado a ser diferente, a salir del circulo de hambre, necesidades y pocas oportunidades que me rodeaba y así me fui yendo, llenando un vacío para abrir otro, midiendo calles, conociendo mi barrio, lazando discos como terapia, como analgésico pal dolor, el abandono y la furia que me consumía por verlos a todos tan heridos y cómodos en la herida. Porque en pobreza uno también se acomoda y el pueblo permanece dormido, en un letargo del que después es casi imposible salir.
Nos despertamos cada mañana con el sonido de la bala de fusil saliendo disparada después de que un joven soldado aprieta el gatillo. Y el día empieza, entre buses y balas, entre vendedores de empanadas y recicladores. No sé qué somos, he llegado a pensar que somos instantes, o el pensamiento de alguien más grande que se divierte viéndonos jugar. O tal vez somos el pensamiento mismo, una ilusión, algo impalpable. No lo sé y para ser honesta no me importa saberlo, porque cuando uno vive en la ladera no está destinado a encontrarse con nadie que no viva acá. Yo he tenido suerte y a mi lado se encuentra una mujer excepcional: la vida a veces me sonríe y esas sonrisas no las borra la bala de fusil. Aunque caiga la noche y los polígonos no terminen, aunque el sol brille y la pólvora no deje de salir, aunque a veces sienta que las balas me atraviesan el corazón, la vida me sonríe.
Observar la ciudad desde acá me ha creado una perspectiva un poco diferente de lo que hay allá abajo en los edificios, en las calles furiosas que desde acá se ven tranquilitas, casi muertas, acá en la ladera no hay muchas calles, pero sí escalas, que son esos tejidos que conectan una cuadra con la otra, que van uniendo la montaña, creando una montaña de callejones, que es mejor no caminar si no se conoce. De ahí surge el primer elemento de la obra que les quiero presentar, basada en lo tedioso del camino formado por escalas, pero también de lo fuerte que es un territorio que se ha unido para construir sus propios caminos, construyendo escala por escala. Es una crítica y un jalón de orejas a las entidades encargadas de la planeación, ya que los seres que habitamos este territorio estamos obligados cada día a subir más de seiscientas escalas para llegar a la casa, porque el barrio no cuenta con vías de acceso para el transporte público.
Bordar escalas, para no olvidar los pasos y juntar las historias que suben y bajan cada día por el reducido espacio de la vida.
La segunda obra suena como una bala, ¿qué tanto nos pueden inspirar las balas?
Me he preguntado las últimas semanas. Acá en Manrique se forjan una cantidad elevada de muchachos para la guerra y cada día somos testigos de eso. Y a veces una se encuentra con esos pelados y da es tristeza ver que cada día las madres siguen pariendo hijos para la guerra. Así que esta obra es la puesta en escena de esta realidad que implica vivir en un barrio con una base militar al lado donde disparan mínimo dos o tres veces por semana, donde a los jóvenes se les va el futuro y al país la plata.
Mi obra se inspira del espacio donde estará expuesta. En la sala conocida como “la del niño hambriento” por el mural de Pedro Del Gómez. La mesa vacía del niño hambriento me recuerda para qué sirven esos niños con hambre que luego se convierten en los jóvenes que veo subir y bajar todos los días, con mochilas cargadas de balas y la mirada llena de tristeza por invertir su tiempo en una guerra que no es de ellos.
Frente al fresco de Pedro Nel Gómez se proyectará el video que haré con mujeres, madres, niñxs y amigxs de Manrique que irán subiendo y bajando las escaleras de la ladera sosteniendo un plato lleno de balas. Adelante de la pantalla, mientras las imágenes se suceden en loop, incesantes como esta realidad que no cambia, tendremos un plato servido con balas que, gracias a un pequeño motor en su base, estará vibrando y generando ese “tastaseo” que se oye día y noche en mi barrio. Ojalá suene hasta que el plato se quiebre.
*Camila Pino. Medellín, 1998. Nacida en Saturno, criada en Manrique, una ladera de Medellín donde si sube un bus no baja otro. Me gusta juntar palabras, bordar historias y rapear realidades. Soy entrenadora deportiva y trabajo para acortar la brecha social por medio del deporte y el encuentro. Hago parte del colectivo Por Naturaleza, donde desempeño el rol de directora de la escuela deportiva.
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