Un microcosmos en la montaña

Los cambios culturales y sociales no se dan de un día para otro. Son un proceso en el que cada generación va poniendo de su parte. A través de conversaciones, recorridos por el barrio, bazares artísticos y talleres de baile y pintura, la Corporación Cultural Nuestra Gente, El Balcón de los Artistas, 4 Eskuela, Crew Peligrosos, la Casa Museo Pedro Nel Gómez y el Parque Explora se unieron para pensarse las problemáticas y retos del Popular, Santa Cruz, Manrique y Aranjuez, y crear nuevas oportunidades para sus habitantes. Así fue la segunda versión de Destino Nororiental.

Por Carolina Londoño

I

Nos hemos acostumbrado a que debajo de los puentes esté aquello que no queremos mirar de frente: la basura, los escombros, los excluidos que lo toman por techo, las quebradas turbias. El puente es peligro y decadencia. Y sin embargo, hay una excepción este primero de diciembre. Debajo del puente que une a los barrios Villa Guadalupe y Manrique La Salle ―uno de la Comuna 1, el otro de la 3― aparece una pequeña selva chocoana.

El tun tun de una marimba resuena invocando al mar, su humedad salina y el calor. Un niño afrodescendiente busca a su mejor amiga, una guacamaya que ha sido capturada por una gringa flacuchenta vestida de safari, mientras grita: “¡Guacamayita! ¡Guacamayita! ¿Dónde estás?”. “¡Allá está, detrás de esas hojas!”, exclaman los niños que están de este otro lado de la realidad, sentados en las gradas, separados por la cuarta pared, desesperados por la sordera de Cirilo que podría resolver el misterio si tan solo les hiciera caso. Y es que lo que es selva, agua y hojas son solo tres cajas grandes de madera pintadas. Cirilo, la gringa y la guacamaya son títeres dirigidos por dos actrices y un actor que, al mismo tiempo, son marionetistas, músicos y, por el artificio del teatro, también botes, animales, árboles.

Quien no conozca la zona y esté pasando en ese momento por el puente por pura casualidad, no se imaginaría que abajo hay más de doscientos espectadores viendo una obra. Hace más de treinta años, para cruzar de una comuna a otra, había que coger una calle larga y angosta que se acentuaba hacia dentro de la montaña. La gente del barrio debía avisar con gritos o telas al aire, desde ambos extremos de la curva ―a la que le añadieron el apelativo “del Diablo” por la cantidad de accidentes― el paso de los carros. Lo que había en medio, un vacío en diagonal, era un vertedero de escombros. Sobre él se construiría el puente que dejó en desuso la curva. En los noventa, el líder social Silvio Salazar Martínez vio la oportunidad de transformar ese sitio olvidado y desaprovechado en un espacio para la cultura.

El teatro casi parece oculto con su techo de cemento y dos hileras de casas que lo encierran a los lados. El escenario está a los pies de las grandes graderías que bajan por donde alguna vez rodaron los escombros. Allí, adultos y niños, a pesar del ruido de carros, motos y vecinos, observan el montaje teatral de la Corporación Cultural Nuestra Gente como si nada más existiera en el mundo. De la nada, una niña le pregunta a otra: “Sara, ¿usted qué piensa de la vida?”. Sara no responde nada. Se queda pensando apenas unos segundos antes de que los reclamos de la gringa, al darse cuenta de que el ave raptada ya no está en su jaula, vuelvan a llamar su atención. A lo mejor, la niña que hizo la pregunta esbozaba una respuesta echando mano de lo que veía: la vida era eso que hacía que los títeres cobraran aliento propio y tuvieran carne y huesos en vez de tela y madera, que el suelo de baldosa fuera tierra húmeda, y los listones de colores que colgaban sobre sus cabezas fueran ramas de árboles gigantes. La vida era la alegría de saberse en una selva muy lejos de estas montañas solo porque así quería imaginarlo.

El sol llega a su hora dorada justo cuando la obra termina. Una decena de niños bajan corriendo las gradas para lanzarse hacia Cirilo que, ya sin el sostén de su marionetista principal, se vuelve muchos otros en las manos de los niños que se turnan para reanimarlo con sus propias voces. Cirilo descansa cuando la principal preocupación de los niños se convierte en encender y cuidar la llama de las velas que repartieron. En la columna principal que sostiene el puente puede leerse: “Existen semillas de esperanza sembradas (…) que representan la posibilidad de un futuro mejor”. Un Silvio pintado más arriba de las letras sostiene su propia vela: un sol que levita sobre la palma de su mano. La presencia de los niños reivindica el sentido de este lugar.

Cuando el sol y los adultos se marchan, los niños van a un pequeño parque que queda en toda la U de la Curva del Diablo. Como si tuvieran una energía infinita ―de envidiar en un momento en el que a los adultos nos resulta tan extenuante el trasegar de un día― siguen jugando durante horas. Sus familias los cuidan desde los balcones de las casas aledañas que están iluminados con alumbrados decembrinos. Van a ser las diez de la noche cuando una dice al resto: “Ya sé, armemos nuestra propia banda”. Y mientras a lo lejos se escucha el sonido de la pólvora, con tarros, palos y maracas, ellos dan inicio a su concierto de villancicos.

II

Para llegar a Manrique Oriental hay que subir la montaña hasta que la cima quede apenas por encima de los ojos y el valle, allá abajo, se vea brillante y lejano. “Un poquito más y ya estamos en Santa Elena”, diría uno de los que llegó hasta Versalles 2 ―el barrio donde hace treinta años nació El Balcón de los Artistas― para asistir a La ruta del tango, la salsa y el flow.

El punto de encuentro es la primera sede de la corporación de danza. Una casa naranja, de tres pisos pero de fachada angosta, ya no es escenario de ensayos sino el lugar donde se guardan la mayoría de los vestuarios acumulados y trofeos ganados a lo largo de los años. Mateo Bohórquez, bailarín de la Compañía Profesional y en ese momento guía del recorrido, nos dirige hacia la esquina contraria de la cuadra, donde nos espera un gran mural azul con el nombre del recorrido y que conmemora las tres décadas de El Balcón.

El rasguido de las cuerdas del violín, acompañado por el vaivén del bandoneón, nos sorprende. Giramos para ver de dónde nace el sonido y es cuando vemos a una mujer y un hombre ―luego sabríamos sus nombres, Hilary y Daniel― caminando hacia el centro de la calle. Se quedan quietos apenas lo que dura un suspiro y comienzan a bailar por esa cuadra plagada de desniveles, de arrumes de basura, de motos que intentan pasarles por encima, de perros que les ladran porque no entienden qué es lo que pasa. Nada es impedimento para que los tacones sigan pisando firme y las piernas se crucen por detrás de las rodillas con movimientos rápidos y precisos. Así como aprendimos a encaramarnos en las laderas para encontrar dónde vivir, aprendimos a bailar tango en la montaña altiva y desafiante, dando piruetas sin miedo a caernos.

Más adelante hay una cancha donde hay más de veinte niños vestidos de negro. Caminar no es fácil en estas calles sin acera, donde los buses pasan a ras de las fachadas. “A esto le llamamos la cajita de fósforos, porque era donde se venían a ensayar las coreografías grupales y no cabía la cantidad de personas. También se hacían las figuras, esas que ustedes ven que tiran a la mujer de aquí hasta allá”, dice Mateo mientras traza una línea imaginaria con un dedo y continúa: “Ustedes están parados en un montón de sangre de bailarines. Han ocurrido muchos accidentes, es duro decirlo, pero uno se limpia, se para, y lo hace de nuevo”.

Los niños que están en la cancha ―integrantes de la Compañía Infantil de El Balcón― se organizan por todo el espacio. Un remix de Mi gente es detonante para que empiece el show. El telón de fondo de la coreografía es el cielo, el filo de la montaña de la noroccidental, la puntica del Picacho, la ladera sembrada de irreconocibles casitas de ladrillo. El tiempo de la canción se acelera y los niños le abren paso a Daniel y a Hilary, que bailan un tango acelerado y filoso sobre el dembow. Los dos géneros musicales se confunden en medio de la materia de los cuerpos y el sonido. El tango es reguetón y el reguetón es tango, y Medellín es ambos como también es caos y recato, loma y valle, verde y esmog.

Fue desde Versalles 2, viendo el paisaje, que Martha le puso nombre a su sueño. “Yo estuve viviendo en Cali durante diez años, y regresé en 1992. En el barrio todo estaba muy diferente. Todos los días dañaban las luces con disparos para que todo quedara oscuro. Los niños que yo había conocido ya eran adolescentes, pero ya estaban metidos en el cuento del conflicto, iban con armas colgadas. Muchos ya habían muerto. Me dije que tenía que hacer algo”, cuenta. Montó una escuela de danza en el garaje de su casa. Todos los días, a pesar de la situación de orden público, la gente llegaba para aprender a bailar merengue, porro, salsa. También hacían arroz con leche, sancocho, chocolate con pan. Versalles 2 se convirtió en un refugio para muchos en la nororiental. Lo que en un principio se llamó Comité hacia el Futuro, fue mutando con los años. El barrio era un mirador con vista a toda la ciudad, el barrio era el escenario de aquellos que danzaban para resistir: Versalles 2 era El Balcón de los Artistas.

En treinta años han pasado por la corporación 64 000 niños y niñas. En este momento, entre la sede nueva de Manrique ―cerca de la cancha―, El Poblado y Laureles, están en proceso de formación casi setecientos. “Yo entré aquí en 2011, cuando tenía siete años. Ahora tengo diecinueve. Prácticamente he pasado toda mi vida acá. Estuve becado. No he sido muy apoyado por mi madre, pero aquí he encontrado una familia”, cuenta Daniel. Para financiarse, la corporación redistribuye sus ganancias de una sede a otra. Desde El Poblado y Laureles ceden recursos a Manrique para que los niños puedan tener becas del cien por ciento.

“Ellos no sienten el tiempo. No lo ven como un esfuerzo sino como algo que aman. Estos niños vienen desde lo más arriba de las periferias de Medellín. Muchas veces les toca venir caminando para llegar puntuales al ensayo a las dos de la tarde. Algunos vienen sin almorzar y no dicen lo que les pasa con tal de bailar. Por eso hay que hacer diagnósticos, conocerlo a cada uno, entender de dónde viene y actuar con base en eso. Uno no se puede hacer el ciego. Un niño que se vaya es un niño que se pierde”, dice Mateo, que entró a El Balcón en 2015 cuando tenía trece años.

Al final de la tarde, alguien les preguntó a los niños qué querían ser cuando fueran grandes. Todos respondieron: bailarín o bailarina profesional. Así también lo quisieron alguna vez Daniel y Mateo y otros tantos que han pasado por la Compañía Profesional, que viven por y para el baile, no como hobby sino como proyecto de vida. Decir “yo quiero” manifiesta un deseo. El deseo es lo que se aguarda, es la esperanza y la posibilidad de lo que aún no es. Melani, Celeste, Ricardo, Matías, Juan Manuel, Alejandra, Flor de Liz, Juliana, Isabella, Salomé, Juan José, Luciana, Valeri, ya se ven a sí mismos recorriendo el mundo con su baile.

III

“¡Ja! Ay, ay, ay, oí Jke. Izque diciembre y qué hace que era marzo… Esto se acabó, papá… Se fue, se fue”, así empieza el sencillo de Crew Peligrosos La danza de los güiros, un sample de La danza de los mirlos que combina la clásica cumbia con el rap. Pleno 7 del último mes del año, Día de las Velitas. A la cancha de la Institución Educativa Gilberto Alzate Avendaño ―en Aranjuez, a tan solo unas calles del Puente de la Madre Laura― comienzan a llegar jóvenes, niños y niñas que durante todo el año estuvieron asistiendo a 4 Eskuela, el proceso de formación artística liderado por el Crew, en donde los forman para ser profesionales en MC, grafiti, DJ y breakdance, las cuatro disciplinas que giran alrededor del hip hop.

Son más de las cinco de la tarde. Afuera se siente toda la fiebre decembrina. Huele a buñuelos, a empanadas y a la canela de la natilla. Los bafles reproducen a Pastor López y a Rodolfo Aicardi. Aquí, tras cruzar la reja abierta, es otra la escena. La cancha deja ver sus paredes abundantes en grafitis, una mesa con equipos ―micrófonos, samplers, sintetizadores, tocadiscos de elepé― y un tapete plástico que será campo de batalla.

Los papás, las mamás y las abuelas se sientan en el suelo junto a las neas y otros pelados de barrio. Esperan a que inicie la clausura mientras chupan las cremas de leche condensada que Jke, el líder del Crew, pasó repartiendo. El MC P-Flavor, uno de los formadores de la escuela, toma el micrófono, y tras animar el parche, da paso a las muestras de deejay, house y MC. Este año la 4 Eskuela cumplió veinte años. A inicios de los 2000, los integrantes de Crew Peligrosos recorrían la comuna haciendo presentaciones. Los pelados se les acercaban para preguntarles si les podían enseñar a rapear, a bailar, a componer. Lo que empezó como un encuentro entre parceros, se fue tornando cada vez más serio. Ya la gente decía, “caigamos a la escuela”. Los del Crew, dándose cuenta de las dimensiones que el asunto estaba tomando, le metieron más moral. El nombre se oficializó: 4 Eskuela, así, con k, para darle un toque más callejero. Con los años, el proyecto no ha hecho más que crecer. Solo este año recibieron a trescientos niños, niñas y jóvenes de manera permanente, y estuvieron en varios colegios de Medellín dando talleres a más de siete mil estudiantes.

La primera fila de espectadores, sentados al borde del tapete, son niños que están vestidos con las pintas propias del hip hop: buzos y camisas holgadas, tenis, gorras, cachuchas, cadenas. P-Flavor llama a Santiago y Adelaida para la muestra de break-kid. Tienen menos de diez años. Cada uno se para en un extremo y una botella vacía, lanzada al aire, es la que define quién empieza. Cuarenta y cinco segundos para cada uno. El público los anima con gritos. Los más de cien asistentes parecen multiplicarse por mil. El tapete se convierte en un cuadrilátero. Las luces amarillas de la cancha ahora son grandes reflectores que siguen la sombra de sus movimientos.

Santiago se lanza sin miedo. Se agacha, se para sobre sus manos, da vueltas y levanta sus pies. Se sostiene en la cabeza y gira sobre su propio eje. Los pasos son provocación para su contrincante. Se miran desafiantes. Adelaida ataca. Desliza rápidamente sus pies, da pequeños saltos. En el suelo se encoge sobre sí misma, apoya las manos, dobla la cabeza y levanta los pies hacia un lado. Otra vez en pie, cruza las manos y sube su mentón de manera severa, gesto con el que concluye su ataque. Cuando la batalla termina, los dos niños se quitan sus armaduras imaginarias, se dan la mano y se abrazan.

La noche llega y la ciudad se ilumina. Desde aquí pueden verse las luces amarillas de la comuna nororiental que van delimitando el contorno de la montaña. El rugido de los mofles, que se ha hecho más constante, amenaza con ahogar el sonido de la música. Nada raro en este barrio de motos que también suena a pólvora, disparos, pitos, gritos de venteros. Y a rap, tango, reguetón y música popular. En Aranjuez todo parece caber porque su historia es la de muchos: de migrantes, obreros, campesinos, prostitutas, pillos, pintores, escritores, músicos. Por eso no parece una coincidencia que lo que alguna vez fue, resuene en el presente. Que los raperos que en este momento se ofenden con la agudeza de la rima, recuerden a los trovadores de antaño que, antes de ellos pero en estas misma lomas y convocados por una guitarra, se enfrentaron desde el verso para demostrar quién era el mejor.

Cuando la palabra es arma, la violencia entre cuerpos queda relegada. Es innecesaria. En estas calles, que durante tantos años estuvieron sumidas en el conflicto, el rap ha sido la posibilidad de narrar los dolores, las frustraciones y las injusticias, de transformar la rabia en lírica. Los niños que escuchan cómo los raperos que están en frente de ellos se insultan y se retan ya tienen la conciencia de esto. Es por eso que los gestos amistosos nunca faltan: después de las batallas siempre vienen los aplausos, las sonrisas, los abrazos. Es por eso que después de que terminan las muestras, el campo de batalla se transforma en un hogar común alumbrado por las velas que adultos y niños van prendiendo. Mientras los primeros se quedan de pie conversando, los segundos regresan al tapete a seguir bailando y dando volteretas.

Donde haya un niño que haya encontrado su pasión, el tiempo y el espacio dejan de existir. No conocen de inicios o finales, tampoco de cansancio, y cualquier lugar puede transformarse en otro. Un puente es teatro. Un teatro, selva. La montaña, balcón. Las calles, pistas de baile. Una cancha, el mejor escenario. El mundo es para ellos pura posibilidad, lugar para desbordar la creatividad. Medellín, vista e imaginada desde sus ojos, también es otra. No es la ciudad de la desconfianza, de la violencia, la desigualdad. Es la ciudad del juego, la amistad y el arte en donde se vuelve posible nombrarse y pensarse a sí mismo en futuro.

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