Detente montaña

No importa hacia dónde miremos: en el paisaje siempre aparecerá una gran masa de tierra que corta en las alturas el cielo, un relieve verdoso oculto entre los edificios. Vivimos entre las montañas y ellas les han dado forma a los límites de nuestro mundo. Aquí, un relato sobre esas que a la vez son refugio y amenaza.

 

Por Santiago Rodas
Fotografías de Juan Fernando Ospina

dame
esta dura apariencia de montañas
ante los ojos
siempre.

José Manuel Arango

 

Ustedes no tienen la fe suficiente —les dijo Jesús—. Les digo la verdad, si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a esta montaña:

“Muévete de aquí hasta allá”, y la montaña se movería.

Mateo 17:20

 

Las montañas son organismos vivos, vida que da vida, en constante y lento movimiento; deidades menores que se reprodujeron como estrías en la corteza terrestre hace millones de años, causados por la cópula de los estratos de la tierra y sus placas tectónicas en incesante ajetreo. Capturan con sus poros el agua de las nubes, la convierten en ríos, nos entregan viento, ofrecen el fuego de sus entrañas, protegen y amenazan. Quienes vivimos en Los Andes nos acostumbramos a su presencia implacable que afila los bordes del horizonte y los quiebra en cientos de miles de pedazos. No es un horizonte mondo y benévolo el que nos decora el paisaje que alimenta nuestros ojos, nos perfilan las cuchillas del desfiladero, líneas abruptas y dentadas. La montaña oculta el cielo y se traga su curvatura, por eso la bóveda celeste en esta ciudad se achica y se recorta ante El Picacho y Boquerón. La montaña propende a la oscuridad y por eso la luz de los días en los valles se acaba con premura. Nos advierten de su poderío gracias a sus vetustas cadenas. Ocultan el sol, abrazan, alimentan.      

Subimos al monte en busca del aire más puro, para guarecernos del estruendo de la ciudad. Encontramos el agua dulce y cristalina, salubre, en la que navega la sabaleta, también, acudimos para topar la niebla espesa en la que la nata blanca se devora las formas vegetales de una dentellada, nos detenemos ante el movimiento bienaventurado del carriquí y su desplazamiento alado, sabemos del siempre bien oculto tigrillo lanudo que nos acecha, vemos las pisadas de la danta que se escabulle entre el follaje, perseguimos el pelaje del cusumbo, el canto del trogon. Los montañeros entendemos que su misterio altivo y sagrado se conecta de una forma secreta con nuestra lengua trepadora, que es la forma en la que nombramos lo real y lo moldeamos a nuestro antojo. Lengua montañosa, lengua cordillera para nombrar lo que experimentamos e inventamos del mundo, lengua vertical. La montaña se cuela en los himnos estatales, en las canciones populares, en los poemas épicos y románticos, en la pintura y el dibujo costumbrista, en la literatura de todos los universos. 

Pero las montañas también son antagonistas.

Pero las montañas también son amenaza latente.

Tememos ante su dimensión. 

Son catedrales verdes, rojas o amarillas, según la luz.

Para convivir con su masa y volumen las intervenimos, para así cristalizar sus pasos milenarios. Las abrimos a tajos y transitamos libremente entre los surcos, para explorar sus adentros la penetramos, le hacemos boquetes, caminos, carreteras, autopistas. Nuestros temores por sus movimientos después de alguna intervención los enmascaramos con un manto de hormigón, matemática, cables, maquinaria pesada y gaviones. Intentamos mantener sus formas, siempre azarosas, estables, impertérritas. Deseamos con una mínima esperanza que entren en el molde de nuestras métricas y distancias, sobre todo, nos interesa que sus cuerpos monumentales nos estorben lo menos posible. Son el paisaje y el paisaje se olvida con rapidez. Las montañas se comprimen en nuestro lecho de Procusto. De su pasmo depende nuestra entera supervivencia. Las humanizamos.

Queremos arañarlas sin que haya consecuencias, pero siempre hay consecuencias. Lo sabemos, así intentemos a toda costa pensar lo contrario, negar que su movimiento es el de un gigante irreductible, enojado y errático, entonces nos acoplamos a su silencio, quizá pensamos que si callamos ellas también lo harán. Nadie sabe lo que puede una montaña.

Pretendemos detener su fuerza con ingeniería civil. Por momentos logramos la victoria. Jugamos a controlar deidades despiadadas. La precipitación, el deslizamiento y el derrumbe son la constante de su naturaleza entre cordilleras movedizas. Las montañas no se saben quedar quietas, poseen sistema respiratorio y cardiovascular, les gusta pasear sus corpulencias y desparramarse para avanzar, así tarden toda una eternidad, siguen y siguen con su persistencia ciega. Seguro se buscan entre ellas para abrazarse y quizá, con paciencia geológica, lo vayan a lograr alguna vez, queramos o no, ellas indican la cadencia del fin de los tiempos.

Un abrazo final entre Cerro Tusa y Los Pirineos, entre el monte Fuji, el Kilimanjaro y la montaña de Sorte. Para que se forme una nueva montaña, sin nombre. 

Las montañas nos causan admiración y terror, pero simulamos bien en la entraña de nuestros miedos, como si su poder estuviera delimitado por nuestra inteligencia y perspicacia arriera. Oramos por el deseo de dioses enjaulados entre pavimento y acero. Devotos de la maquinaria que transforma la materia, para que el paisaje perpendicular no se nos venga encima.

            Y, sin embargo, se mueven.

Desde hace un par de décadas nos acostumbramos al paisaje futurista y brutal de los taludes artificiales en nuestros pueblos y ciudades, en la medida en que debemos desplazarnos más rápido, estas construcciones componen la marea estática de los bordes, desfiladeros y taludes. Son la respuesta racional al flujo de los montes, sus aguas salitrosas adentro de la cordillera y su secreto fluir. Es difícil salir de una ciudad andina y no toparse con esta tensa inacción, con el congelamiento hormigonado. Bostezamos por la costumbre de esas parcelas enormes y grisáceas entre el verdor de la montaña que, con cables de acero, se adentran en el interior y sostienen la cáscara cementosa que las recubre con capas de concreto y las sujeta para así aquietar la furia pausada que se cuece en su interior.

A los lados de las vías estos estabilizadores de taludes se multiplican, incluso constituyen un nuevo paisaje que simula un tiempo congelado de concreto por cientos de metros a lo ancho y a lo alto, con sus protuberancias cúbicas que recuerdan el brutalismo soviético y al horizonte de una distopía urbana en medio de las breñas. Este paisaje inerte y artificial quiere conjurar la consistencia, el detenimiento a toda cosa, pero las montañas, como los dioses, son ídolos con cabezas de animales furiosos y, ante el deseo humano, prima su irracionalidad sin tiempo. Cada vez necesitamos más y más contenedores de taludes y el gris basalto se propaga entre las laderas en las que los deslizamientos son cada vez la constante.

Las gargantas de greda oscura siempre están hambrientas.

El 12 de marzo del 2023 en el sector La Sinifaná, cerca de Bolombolo, los obreros de la Concesionaria Vial del Pacífico (Covipacífico) sintieron los tañidos crujientes y las masticaciones que sonaban a metales hirviendo y en disputa adentro de la tierra inclinada. Uno de ellos grabó un video que se puede encontrar fácilmente en internet, en el que, después de los gritos de precaución: “¡Vea cómo salen volando esas guayas, guevón!” y los “¡quítense de ahí, quítense!”, “¡corra, corra, corra!”, “¡ay, gran gonorrea!”; los “¡ay, señor bendito, ay, padre celestial!”, la montaña con su frágil caparazón, hecha por las manos del hombre, se desplomó. Un contenedor de taludes enorme se vino abajo en unos cuantos segundos, se desmoronó en una cascada de materiales de construcción y tierra y maquinaria. La fuerza de la contención civil parecía un cachivache obsoleto ante el reclamo de ese fragmento de monte inquieto, que avanzó con sus zancadas y hundió su tonelaje para anegar la carretera hasta bloquearla. Habló con su voz volcánica y su estrépito, una clara señal de advertencia. Nada puede detener una montaña cuando se agota de su propio reposo. La piedra molida y encerrada a cientos de metros en el interiro vio, después de cientos de miles de años, otra vez la luz del día.

Cada vez que paso cerca de una de estas construcciones que contienen taludes artificiales y me detengo a mirar sus estructuras casi lunares, me imagino en mi cabeza el momento exacto en que, todas a las vez, que además ya acordonan la ciudad entera, se conjuren en contra de la carretera, del edificio, del barrio, de las reglas humanas de control telúrico y así los millones de toneladas de agua, tierra, piedra y arcilla que intentamos detener con cascajo y saliva, se vuelquen raudas y atigradas sobre el valle y lo consuman, lo aneguen, para que surja otro cerro más grande que el Nutibara y El Volador. Y ya no más valle de Aburrá ni valle del software. Tan solo silencio mineral. Y así el saludo geodinámico que pacientemente espera el momento preciso para perpetrarse llegue a su destino. El bautizo de la tierra que sepulta lo que le sobra, lo que intenta impedir su movilidad, el alud total: una nueva corteza terrestre, un novedoso estrato en la estratificada Medellín.

 

En enero 1946, al finalizar la Segunda Guerra, Hirohito, el emperador de Japón, se vio obligado por la Ocupación Aliada a firmar un acta de humanidad. Sí, suena desproporcionado, y no obstante, a los países vencedores les resultaba necesario, pues los japoneses asumían la divinidad del emperador sin más. El acta les devolvía el golpe en seco de realidad: un documento legal declaraba que el emperador era un simple hombre de carne y hueso, como cualquiera, no un dios.

Con la domesticación y el cercamiento de la naturaleza que ha ocurrido, de manera acelerada en los dos últimos siglos, por el crecimiento de la población y un sistema económico depredador que mira “la naturaleza” en términos de recursos o insumos, con hidroeléctricas que desvían ríos, monocultivos de caucho y azúcar, café, túneles que atraviesan montañas, creemos que le estamos haciendo firmar un acta de humanidad a la indocilidad natural, sentimos, con un fervor ciego, que ahora los dioses se arrodillan ante nuestra humanidad irredenta y científica.

 Los taludes artificiales son una muestra de cómo deseamos iluminar nuestros miedos con el espíritu de la ciencia, sin embargo, lo que sobrepasa nuestra maña y entendimiento se cobra con nuestro arrogante analfabetismo, nuestros impuestos y, sobre todo, con nuestra sangre, igual que en un extraño sacrificio caníbal. La montaña, cada tanto, nos arrebata algunas vidas. Es probable que para las montañas la entera existencia humana sea una porción de tiempo reducida en comparación con el fuego lento de su tiempo tectónico que supera cualquier calendario y cronología.

Van a sobrevivir a la humanidad entera con sus movimientos y quietudes aparentes. Pero, mientras eso ocurre, cada tanto reclama sangre para su sustento. Como el Tío, el diablito que vive en las minas de estaño en Bolivia y usa a los mineros, después de firmar algunos pactos con ellos, como combustible para mantenerse vigoroso y así permitir la explotación de los minerales internos en las entrañas de la sierra. Sin sacrificio no hay estaño, ni oro, ni coltán.

El tiempo de la montaña, sus pasos sosegados y firmes, en su danza tremebunda, inevitablemente llegará a su destino, inundará este y todos los valles, los limpiará de vanidades. Después las montañas continuarán con su trayectoria, sin nosotros y nuestros vanos intentos por detenerlas. 

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