Un tango llamado Medellín

Cafe La Bastilla. Jorge Obando archivo particular.

Cuando Carlos Gardel pisó suelo antioqueño, en los bares, cafés y cantinas de Medellín ya se escuchaba tango. La radio y el cine abonaron el terreno para que aquel lamento extranjero se sintiera como en casa. ¿Qué hizo que las letras de las canciones y las melodías calaran en los antioqueños? ¿Podemos hablar de un tango de Medellín?

 

Por Henry Córdoba

“Pero estoy lejos de ti / Sin saber cómo estarás / Si estarás pensando en mí / O no me recordarás…”, escribió Julio Erazo Cuevas a orillas del río Magdalena hace setenta años sin imaginar que ese sufrimiento juvenil se convertiría en el tango más famoso de Colombia. Erazo nació en Barranquilla, pero su vida está anclada a un pueblito al sur del Magdalena llamado Guamal, tierra de compositores y músicos como José Garibaldi Fuentes y Epiménides Zambrano. Allá creció escuchando los bambucos y los pasillos que le gustaban al papá, los tangos que la mamá cantaba a toda hora y los paseos clásicos de Guillermo Buitrago. Allá compuso grandes éxitos como Hace un mes, Adonay, La puya guamalera, y escribió también este tango emblemático, Lejos de ti, tan extraño en un repertorio lleno de porros y merengues.

Una canción que no fue exitosa de buenas a primeras. En 1954, la disquera Sonolux le pidió a Erazo un tango, y el compositor viajó a Medellín con la historia de su romance con la colegiala Élides Martínez en contra de los padres de ella. La canción fue grabada por Raúl Garcés y pasó sin pena ni gloria. Cosas de la suerte que el disco empezó a sonar en veredas y pueblos y regresó a la capital antioqueña convertida en himno. Y si bien la letra no tiene como escenario Medellín sí la puso como referente del quehacer musical.

No sé muy bien cómo se instalan ciertas obsesiones, pero el tango es una de las mías. Desde niño me inquietan las cantinas un domingo por la tarde, repletas de hombres adoloridos, desgañitando tristezas y ausencias. Ahora, entre las mesas del Homero Manzi, me pregunto ciertas cosas: ¿por qué el tango pegó tanto en Medellín?, ¿cuál es la magia de sus letras?, ¿qué es lo que dice de nosotros que gusta tanto? Esas dudas son las que me llevan a emprender este viaje de bares, músicos y almas melancólicas.

La memoria de ciertos lugares

Hace ochenta años existe en Manrique el Café Alaska, ubicado en la calle 76 con carrera 45, uno de los rincones de tango que le sobreviven a Medellín. Es la una de la tarde y Gustavo Rojas me recibe amablemente con un tinto. Mientras observo las paredes repletas de fotos entre amigos y una que otra personalidad, Rojas me dice: “El tango tiene una ventaja sobre otros géneros: sus letras están hechas por poetas”.

No es exagerada la afirmación. En la introducción de “Los tres lenguajes del tango” la poeta uruguaya Idea Vilariño dice que es imposible reducir el tango a una sola idea cuando hay tanta pluralidad, por ejemplo, entre sus letristas: desde autores que no conocen de gramática hasta poetas que conquistaron en ese género la difusión de sus versos.

El tango es hijo de migrantes: africanos, caribeños y europeos lo engendraron en los barrios pobres de Argentina. Se sabe que la palabra es más antigua que la música, y que significaba “reunión de negros para bailar al son de un tambor”. Se sabe, por lo tanto, que antes de cantarse se bailó. Se sabe también que las oleadas de migrantes italianos y campesinos argentinos a Buenos Aires a finales del siglo XIX alimentaron de nostalgia y decepción sus letras. “El tango fue crónica de una época”, dice el sociólogo argentino Julio Mafud. Es el registro de datos y observaciones de una vida de pobreza en la periferia.

Estatua de Gardel. Horacio Gil Ochoa, 1969. Archivo BPP.

El tango es desarraigo y bohemia, y esos sentimientos calaron muy bien en esa Medellín de principios del siglo pasado que empezaba a poblarse en sus montañas por campesinos que buscaban nuevas oportunidades. Ese dolor fue la primera conexión: gentes que se sentían abandonadas en una tierra prometida que los recibía con desprecio. “La canción de la marginalidad bonaerense se avino como a su molde a la necesidad de expresión de la marginalidad en el nuevo Medellín”, escribió Manrique Carriego en 1985. A Gustavo todavía le llama la atención ese momento en que suena cierto tango y alguien levanta la mano para decirle: “Ag… Este man lo que puso, ¡me hizo beber!”.

Mientras conversamos se me ocurre que el tango es como una chispa que da fuego a la vida. El tango llegó para quedarse en las raíces de nuestra cultura. Llegó por el ferrocarril, que trajo tantas músicas de otras partes. Llegó al reverso de discos de pasillos y bambucos nacionales hechos en acetato y grabados en el extranjero. Llegó por las compañías de música españolas que recorrían América Latina, y que aprendieron a bailar tango en Buenos Aires. Llegó y encontró discípulos como Hernán Caro, el creador de “Una hora en Buenos Aires”, aquel programa radial que se emitió desde 1962 hasta el 2012. Entre los setenta y los ochenta Caro fue enviado por varias disqueras a buscar tangos nuevos en Buenos Aires, y entre muchos artistas la ciudad escuchó por primera vez el repertorio de la orquesta de Alfredo D’Angelis.

Gustavo me da una clase de tango, historia, contexto, referentes. Detrás de la nevera de cervezas veo un cuadro con una frase: “El tango es la expresión musical de las vivencias del pueblo”. Me quedo pensando en la capacidad que tiene el tango para retratar sentimientos, lugares, personas, amores, viajes, desamores. Pienso, por ejemplo, en Olimpo Cárdenas y esa desgarradora anécdota que cuenta en Cama vacía, una de sus canciones más conocidas: un amigo moribundo, solo, en la cama de un hospital, le pide que lo acompañe ahora que todos se han olvidado de él. Cuando Cárdenas llega, sin embargo, es muy tarde. Esas son las letras, la música, el sentimiento del tango: un desahogo. Cómo no se iba a incrustar en una sociedad tan adolorida como la nuestra.

El recuerdo de una voz

Para entender más del tango de Medellín y sus composiciones busco a Paulo Parra, director de la Orquesta de Tango en Medellín y contrabajista del Quinteto F31. Nos encontramos en Sabaneta, en un centro comercial cercano a la estación del metro, y empezamos a conversar como viejos amigos.

“El tango de Medellín es esa herencia de un suceso fatal: la muerte de Carlos Gardel en 1935”, afirma Parra. Aunque ya se escuchaba tango en la región, el accidente aéreo de Gardel marcó un antes y un después en nuestra historia tanguera. “La patria del mito no es el lugar donde nace sino el lugar donde muere; Gardel es colombiano, para él morir fue un nacimiento al revés”, escribió Manuel Mejía Vallejo en su novela Aire de tango. Fue tanto el furor gardeliano en esos años que el argentino Leonardo Nieto fundó la Casa Gardeliana en Manrique y el Salón Versalles en el Centro. “Medellín, milonguero y gardeliano, rezandero y pagano, tan bohemio y soñador; viejo valle que en tus recuerdos te embriagas para no sentir la daga del olvido abrumador”, dice la canción A Medellín también le duele el tango de Juan Pablo Acosta con el Quinteto F31.

El Gordo Anibal bailando en el Patio del Tango. Juan Fernando Ospina, 2003.

Parra me explica que para componer e interpretar tango es necesario escuchar y leer autores, grupos, letras, historias, personas, y aun así no es suficiente. El código del buen tango es una combinación entre lecturas exquisitas y cierta pasión irrefrenable. “El tango es cosa de hombres maduros o que maduraron a los golpes. El tango es cosa de hombres golpiaos”, dice el narrador de la novela de Mejía Vallejo. Recuerdo un documental en el que el maestro Piazzolla cuenta que después de cantar juntos en una fiesta Gardel le dijo: “Pibe, tocas muy bien el bandoneón, pero pareces un gallego”. El tango no acepta la tibieza. Hay que meterse en su mundo para poder componerlo y tocarlo.

Paulo revisa su celular y cuenta dieciocho agrupaciones vigentes en Medellín: La Bailonga Tango (solo de mujeres), Trío Marcos Quiroz, El Empuje, Caballeros del Tango, Cambalache, La Candelaria, Orquesta La Típica Milonguera, MediTango, Orquesta de Cuerdas de Tango de Medellín, A Fuego Lento, Quinteto F31, entre otras.

La mayoría de estas agrupaciones nacieron en los procesos de la Red de Escuelas de Música de Medellín: el Semillero y la Orquesta de Tango. Antes de crear, como suele pasar con cualquier proceso artístico, los intérpretes aprenden a recrear las obras de grandes maestros. Luego, viene la urgencia de plasmar un mundo propio: las calles, los barrios, las familias, los amores y los desamores, los adioses, los pensamientos, en suma, la vida en particular. Algunas agrupaciones o artistas que se han aventurado a crear tango son F31, La Bailonga Tango, Pala, Juan Pablo Acosta.

Me despido de Paulo, y ahora sí, no puedo postergarlo más, me voy a escuchar los discos. Encuentro Medellín Downtango, la producción más reciente del Quinteto F31, una vuelta de ocho canciones por el Centro de Medellín. Imagino que se hace noche y atravieso el Parque de Berrío. Me dan ganas de llevarle serenata a la Gorda de Botero y le echo un ojo a los jolgorios del Raudal para que la noche no escape de mí. Mientras escucho siento el peso de los recuerdos, la nostalgia de lo no vivido: los diciembres del viejo Junín con las luces navideñas y las familias tomándose fotos. Descubro en mí cierta nostalgia por lo perdido, lo cambiado, lo desconocido. Aprendo, sobre todo, que no hay nada más vivo y expresivo que aquello que sobrevive.

Ahora busco a Carlos Alberto Palacio, el famoso Pala, cantautor antioqueño. En 2014 Pala lanzó un disco llamado Maleviaje sobre su relación con el tango. “No es un disco de tango, sino del background sonoro que tengo de mi infancia”, decía el compositor en su momento. Un disco sobre esa vida en un pueblo, Yarumal, con cantinas, tangos arrabaleros y copas en cada esquina; un collage de momentos, sentimientos y canciones emblemáticas. Me detengo en las palabras: malandros, gotán, fiero, pero también parceros, faltones, muñecos, parches. Me imagino las expresiones propias del parlache, ese dialecto social que surgió en la Medellín criminal de los años ochenta: “Vos tan liendra, tan varón, tan patroncito de esquina, con tu look de Napoleón que no se traga una espina, si te mientan el amor se te derrite el titán…”. No son gratuitas esas voces que ahora son propias: muchas de ellas vienen del lunfardo, la jerga de los delincuentes argentinos a principios del siglo pasado. El tango no solo trajo ritmos y nostalgias, sino palabras y modos de esquivar la tragedia. “Si una tarde en la remala te pillás que me las doy de muy tilín, del propio, el camaján o el faraón, decime no”.

Recientemente, Pala estrenó Tres tercos tangos sobre la historia de Guayaquil durante los últimos ochenta años. Otra vez, siento la nostalgia de lo que fue, la sensación de que todo pasa. El Guayaquil de los años cuarenta y “el hombre que fue campo y ahora es polvo de ciudad”; los muchachos escuchando tiros y bombas en los ochenta cuando se vivía y se moría en un santiamén; el Guayaquil de ahora, el de mi tiempo: “Dan ganas de echarte los perros, Guayaco de mi chulo corazón. Yo pongo el canto y vos la vida y hacemos miti miti la canción. Y cuando se me atore el mango espérame en el Málaga, miamor”. A través de las canciones de Pala entiendo que cuando el tango llega no suelta. El tango es más que un género musical: es un compañero de vida.

Vengo, me voy y camino, como canta Pala. Un sábado en la noche volveré al Homero Manzi con un amigo. Entonaremos cada una de las canciones de la noche, desde Lágrimas de sangre hasta Lejos de ti, beberemos ron y cerveza y celebraremos la presentación de dos maestros de tango. Somos dos almas amigas compartiendo penas. Abrazamos las ausencias, los desamores, los besos que no volverán. “Nadie está solo si aprendió a oír tangos”, dice Pala. Al final de la noche, mientras caminamos por el tranvía de Ayacucho, pensaré y le diré a mi amigo que el tango es lo que expresamos y lo que vivimos. Todos nosotros somos tango.


 

Henry Ney Córdoba Bustamante

Tengo 18 años y he vivido en el barrio Buenos Aires casi toda mi vida. Me considero una persona curiosa, con ganas de seguir rebuscado cosas para aprender y experimentar. Ya veremos qué encuentro en el camino.

Café Alaska. Juan Fernando Ospina.

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