El Sinaí, los sonidos que elegimos

Cerramiento en el barrio Sinaí, en la Comuna 2, Santa Cruz. Mayo 31 de 2020.

Durante las tardes de noviembre y diciembre, 128 niños de El Sinaí, un barrio de la Comuna 2 al lado del río Medellín, cantaron, actuaron y bailaron gracias a un trabajo conjunto entre la Corporación Nuestra Gente, la banda Crew Peligrosos y la Orquesta Filarmónica de Medellín. El objetivo: habitar con arte un barrio que durante la pandemia fue cercado, señalado por la Alcaldía de ser el mayor foco de contagio de covid-19 en la ciudad. Ante la negación del espacio con el encierro, estas tres organizaciones respondieron llenándolo de sonidos. Esta es una crónica sobre el último día de los talleres; sobre por qué habitar un lugar es encontrar una voz en medio del ruido.

Por Juan Manuel Flórez Arias
Fotografías por Juan Fernando Ospina

La frontera

En la ribera oriental del río Medellín, frente al Tricentenario, hay un barrio: El Sinaí. Son ocho cuadras entre el margen derecho del río y la avenida Carabobo en las que siempre está sonando, de fondo, el ruido del agua.

La vida en una orilla es una vida sin silencio. Al acercarse, el sonido del cauce se impone, constante, como una señal que fija el límite.

Hace seis meses, las tres mil personas que viven aquí estuvieron encerradas de la forma más literal posible: con vallas de metal que pusieron sobre la avenida, para aislarlos como el mayor foco de contagio de covid-19 en Medellín. Había un muro, de agua o de metal, hacia cualquier extremo al que dirigieran la vista.

Era un encierro parecido al de las matrioskas: un valle que tiene adentro un barrio cercado que tiene adentro una casa que tiene adentro una persona en cuarentena. Un encierro que envuelve otro.

Moverse era un constante cruzar de fronteras. O como esos juegos infantiles que hablan de espacios: la persona en la cama, la cama en la casa, la casa en el barrio, el barrio en el valle. Reconocer el espacio es también hacer una lista de nuestros encierros.

La música

El profesor llega al cruce de tres calles en el centro del barrio con una maleta y una guitarra al hombro. Cuando ven el instrumento, los niños desde las ventanas y las fachadas de las casas la nombran: “Una guitarra”.

Lo primero que él hace es bailar con una perra que se le acerca. Él mismo pone la música con su voz. Canta un vallenato, toma a la perra por las patas delanteras y la convierte en bípeda. Dan vueltas en la mitad de la calle de tierra. Luego ella se suelta, de nuevo en cuatro patas, y gira sobre sí misma como siguiendo el ritmo.

“Escuchemos qué nos dice el barrio”, dice el profesor cuando ya está rodeado por decenas de niños. Y escuchan: una ranchera en la emisora, un reguetón a todo volumen desde un balcón, un megáfono que anuncia una promoción de bananos en la esquina.

Hoy, 16 de diciembre, son las últimas clases. Después del encierro de El Sinaí, la Corporación Nuestra Gente, la banda Crew Peligrosos y la Orquesta Filarmónica de Medellín llegaron al barrio con talleres culturales. En la ribera enseñaron teatro. En los corredores de las casas dieron talleres de literatura y dibujo. En el salón comunal, clases de hip hop. Sonidos de afuera que han tenido que convivir con los de adentro.

La campaña se llama ‘Sonata para un Sinaí’. Así, indeterminado. No es solo una sonata para “El Sinaí”, para esas ocho cuadras cercadas por el río, sino para un Sinaí que existe más allá, que hace parte del mundo que hay afuera de sus fronteras.

Empezaron el 8 de noviembre, con un concierto de la Filarmónica en el centro del barrio. Luego siguieron con los talleres. Durante un mes, 128 niños entre 4 y 16 años han recorrido el barrio actuando, escribiendo, dibujando y bailando.

Muchos de los profesores, miembros de las tres organizaciones, aprendieron en talleres comunitarios como los que ahora dan. Comenzaron a ser músicos o actores el día en el que, desde la acera de su casa, vieron llegar por la calle a un hombre con una guitarra.

Hoy, en el cruce de las tres calles, son ellos los que traen la música. “Tenemos que movernos, vamos a apropiarnos de la cuadra”, dice el profesor. Los niños montan bicicletas imaginarias, cada uno en su versión de cómo se mueve el cuerpo al pedalear. “Parecen a caballo”, dice alguien, mientras los mira rodar-galopar.

La música es su sonido, pero también su movimiento. Para los niños no son cosas separadas. Suenan con el cuerpo: aplaudir es saltar, cantar es hacer un gesto con las manos. Ocupar un lugar es tener una voz.

El ruido

Hubo días en los que todos los sonidos fueron una señal de inmovilidad. Durante el encierro, en el barrio solo sonaban los gritos de protesta desde adentro de las vallas, los reportes de contagios en los televisores y las hélices del helicóptero que sobrevolaba El Sinaí como cubriendo el único espacio que no había sido cercado.

A veces, en la noche, el helicóptero alumbraba las terrazas. “Entonces uno se quedaba estatua”, dice uno de los niños que asiste a la segunda clase, en el salón comunal del barrio. Recuerda a los policías que recorrían las calles, los cascos de los caballos que chocaban contra el asfalto y la tierra. “No sé para usted qué sea, pero para mí era como si nos hubieran traído serenata”, dice.

Afuera, dos hombres jóvenes eligen la puerta del salón comunal como el lugar de su fiesta. Traen dos sillas y un bafle cuyo ruido llena todo el espacio, conquista lo que hay adentro.

El profesor de la segunda clase mira a los hombres como si descartara pedirles que apaguen la música, o como si ya lo hubiera considerado y se hubiera dado a sí mismo la respuesta.

Comienzan a llegar los otros niños, en total son seis. Gritan desde la puerta sus números de identidad para registrarse. No logran escucharse. Hay una pausa entre dos canciones y el profesor les dice: “Rápido, antes de que vuelvan”. Pero vuelven.

“Mucho sacrificio pa cruzar esa frontera”, canta un rapero en el bafle, y se escucha nítidamente de este lado.

El profesor trata de improvisar. Aprovecha que en el bafle cambia el género a un vallenato y dice: “Les voy a enseñar a tocar vallenato”. Encuentra el ritmo de la canción, lo sigue durante un par de compases, luego para.

Se miran. Una de las niñas se levanta y tira la puerta. El ruido del golpe contra el marco se impone por un segundo, pero luego la música del bafle recupera el control, conquista de nuevo el espacio. El profesor no dice nada. Tiene unas claves en las manos y, sin darse cuenta, comienza a seguir el ritmo.

El silencio

En el cruce de las tres calles, en el centro de El Sinaí, decenas de niños susurran. El profesor de la guitarra los dirige. Se agacha para indicarles que reduzcan el volumen. El cuerpo y la voz bajan como si fueran uno solo.

Cada tanto, saca un instrumento de la maleta y se lo entrega a un niño al azar: un triángulo, un llamalluvia, una maraca, unos bongos. Nunca dos a la vez. Deja que palpen cada sonido, que le den un lugar.

Les enseña, sobre todo, a callar. A suprimir su voz para poder reconocerla entre todo lo demás, y junto a todo lo demás.

“Escuchen, ¿qué nos van a proponer? Que vayamos al salón comunal. Vamos todos. En un trencito detrás de mí”, dice el profesor.

La fila de más de veinte niños, cada uno con un instrumento en la mano, se extiende por casi una cuadra. Cantan Los peces en el río, y avanzan por las calles que hace seis meses patrullaron los carabineros. Ahora, como entonces, la gente en los balcones se asoma para ver el desfile.

Giran por un pasaje estrecho entre dos casas. Al fondo está el salón comunal. Al fondo, también, están el bafle y los hombres, y su estridencia. Mientras se acercan, la disputa entre los dos sonidos se vuelve más clara.

Chocan. El villancico se ahoga por un momento, pero la fila sigue avanzando. Llegan más niños por el pasaje estrecho; el triángulo, el llamalluvia, la maraca, los bongos; más y más. Hasta que comienzan a igualarse. Los hombres de las cervezas siguen sentados, uno le hace señas al otro, apagan el bafle. Se quedan ahí, en la puerta, escuchando.

Son las seis de la tarde, es 16 de diciembre, y en la ribera oriental del río Medellín, frente al Tricentenario, suena un villancico.

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